El Otoño Japonés por ACADEMIA ANAYET

El transcurrir de las estaciones transforma profundamente tanto el paisaje como nuestra percepción y estado de ánimo. Mientras que la primavera es una explosión de vida, el otoño es un regalo lleno de magia, encanto y color haciendo que Japón sea un enclave único para el deleite de nuestros sentidos.

 

Con el mes de septiembre llega lo que se conoce como akisame zensen (frente de lluvia de otoño) consiguiendo que los días de lluvia aumenten. Es tiempo de tifones, algo a lo que hay que tener mucho respeto. Para hacernos una idea de su poder destructivo, decir que el peor tifón, llamado Isé Bay, sucedió el 26 de septiembre de 1959 dejando 4.700 muertos, 38.917 heridos y 401 desaparecidos. Por el contrario, en octubre los días de lluvia empiezan a disminuir dando paso a un periodo que quizás sea el más placentero de todo el año. Lejos del rigor invernal y de la alta humedad del verano, el otoño nos permite deleitarnos de una naturaleza llena de colores y aromas.

 

Japón rebosa de multitud de rincones para admirar las diferentes tonalidades de las hojas amarillas y rojas de los arces, momiji. Por citar un lugar, en Oirasé-gawa, un río situado en la región de Aomori, se puede disfrutar de todo el esplendor que el paso entre la vivo y lo que está a punto de concluir nos ofrece.

 

En la estación otoñal existen varias celebraciones importantes, como la del equinoccio de otoño, 秋分の日 Shūbun-no-hi, que se celebra normalmente el 22 ó 23 de septiembre. Es una fecha importante dentro del calendario japonés, ya que es cuando las sepulturas se visitan limpiándolas, llevando flores, rezando, quemando incienso, etc… De acuerdo con las creencias del budismo, este es el día en el que las almas de las personas fallecidas son capaces de cruzar el río que separa los dos mundos; en el que vivimos nosotros, Shigan, y en el que están ellos, Higan. De esta forma, puede realizarse el encuentro entre los unos y otros. Por tradición, el plato de este día es el Ohagi o Botamochi (牡丹餅) que consiste en bolitas de arroz cubiertas de judías dulces.

 

Así como el kaki, 柿, es la estrella de las frutas del otoño, el crisantemo, 菊, es su análogo en el mundo de las flores. Los crisantemos son sumamente apreciados y pueden encontrarse en cantidad de objetos cotidianos.

 

Existe una leyenda japonesa que nos explica su origen: 

 

Perdidos en el principio de toda existencia, el cielo estaba tan lleno de dioses que ya no quedaba sitio para ninguno más. Por lo tanto, se decidió enviar a algunos de ellos a la tierra. Así, entre los enviados, estaba el dios Izanagi y la diosa Izanami, siendo esta diosa la que creo, entre otros, a los dioses de las montañas, de los mares, del viento y del fuego.

 

Pero esta creación tuvo un precio. Izanami quedó tan agotada que perdió la vida, dejando a Izanagi sumido en una gran pena. Izanagi, que no era un dios cualquiera, y aún sabiendo los peligros que ello conllevaba, tomó la decisión de reunirse con su amor una vez más. De esta forma, se dispuso a ir al lugar de la Noche Eterna, donde Izanami se encontraba. Sin embargo, y como era de esperar, allí padeció innumerables aventuras, todas ellas tan crueles que cualquier pesadilla hubiera sido un alivio. Finalmente, no tuvo más remedio que huir, ya que La Bruja de la Noche Oscura estaba decidida a acabar con él. Esto le hizo abandonar para siempre la posibilidad de poder reunirse de nuevo con Izanami.

 

En su huída, el dios llegó a la tierra y fue a lavarse a un río. En un claro, se desvistió arrojando sus ropas al húmedo musgo que cubría toda la orilla. En aquel momento algo extraordinario ocurrió, tal como sus ropajes iban tocando el musgo, se iban transformando en dioses. Doce fueron los que nacieron. De sus joyas surgieron flores; un brazalete dio vida al lirio, otro al loto y un collar a un maravilloso crisantemo.

 

 Fue el emperador Temmu, el noveno día del noveno mes del año 685 d.C. quien dio la orden de su celebración.

Una noche de otoño

veo subir la niebla del valle

entre las llameantes hojas

que conservan las perlas de humedad

de un chaparrón repentino

del día que se va.

 

          Jakuren Hōshi  (sacerdote japonés 1139-1202) 

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