Hachikō, el perro fiel.

Estamos en Tokio, justo al lado de la estación de Shibuya donde se erige en honor a Hachikō ハチ公 una estatua en bronce.


Hachikō, un perro de la raza japonesa Akita, nos da una lección de lealtad y fidelidad.


Aunque todo japonés conoce su historia, no es muy conocida fuera de Japón. Sin embargo, es una muy bella historia entre un perro y su dueño; el profesor Eisaburō.


La historia


Todo sucedió en Japón en la primera mitad del siglo XX cuando le regalan un pequeñito y adorable cachorro de la raza japonesa akita a un profesor de la universidad de Tokio llamado Eisaburō Ueno.

En realidad, Eisaburō no estaba muy conforme con el regalo ya que sabía lo triste que era perder un animal de compañía. ¿Pero qué no hace un padre por su hija? Especialmente, cuando la hija le pone ojitos. El caso es que la dulce bolita con pelo dejó la granja donde había nacido y puso rumbo a Tokio. Estamos en 1924.

Como las distancias en una metrópolis como Tokio no son precisamente pequeñas, el profesor debía coger todos los días un tren que le acercase a la universidad donde impartía clases de ingeniería agrícola. A Hachikō le encantaba acompañarlo temprano por la mañana; era como decirle “nos vemos por la tarde”. Y así era, cada tarde, cuando Eisaburō regresaba de sus clases, allí estaba su perro fiel esperándolo.

Desgraciadamente, un día mientras el profesor se encontraba impartiendo una clase, tuvo una hemorragia cerebral y falleció allí mismo. Por supuesto, no pudo regresar a la estación de Shibuya donde, como todas las tardes, Hachikō, ya con 18 meses, le estaba esperando.

El triste perro fue regalado a otras personas, pero el fiel animal se escapaba regresando a la casa de su amo. Al darse cuenta de que allí ya no vivía, regresó a la estación con la ilusión de ver a su auténtico amigo. Cada día a las 4 en punto Hachikō estaba en Shibuya con la única esperanza de que Eisaburō apareciese de entre los viajeros. Así, y sin desfallecer ni un solo día, lo estuvo esperándolo durante diez largos años.

Un alumno del profesor descubrió por casualidad al animal. Se interesó por él y, a través de los actuales dueños, pudo saber toda la historia del perro. Quedó tan impresionado por el hecho que empezó a escribir artículos en el periódico de más tirada de todo Japón, Asahi Shinbun. Hachikō, sin saberlo, ya que seguía a lo suyo esperando a su amo, se convirtió en un símbolo nacional de lealtad. A tanto llegó el asunto que finalmente se construyo una estatua de bronce a la salida de la estación de Shibuya. Hachikō fue testigo de tal acto, aunque quizás no entendiese muy bien lo que estaban haciendo. A él lo que realmente le importaba era su amigo. Sin embargo, debido a la guerra, esa primera estatua tuvo que ser fundida. Años más tarde, en 1948, Takeshi Ando, hijo del primer artista, realizó una nueva.

Finalmente, Hachikō murió el 8 de marzo de 1935, pero puede verse disecado en el Museo de Ciencias Naturales de Tokio. Estamos seguros de que ahora está junto con su familia; el profesor Eisaburō.

Si un día visitáis Tokio, acercaros al cruce que más personas utilizan en todo el mundo, cada minuto cientos de personas lo cruzan. Allí, veréis la estatua de Hachikō, justo a la salida de la estación de Shibuya.




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