Sakuya, La princesa y la flor del cerezo Escrito por ACADEMIA ANAYET

No llevaba mucho tiempo el príncipe en su nuevo hogar, la montaña de Takachiho, cuando, cosas del azar, vio a la princesa en su paseo matutino. Quizás fuese su nueva soledad o simplemente la propia belleza de la joven lo que hizo que sus pupilas se agrandaran como flores al ser bañadas por el sol, que su respiración se entrecortara y que una fuerza, surgida de lo más profundo, le empujase, de manera irresistible, hacia ella. Sin pensarlo dos veces, el muchacho se aproximó y, dándose cuenta de que cuanto más cerca llegaba, más intensamente sentía a la princesa, empezó a saber, por primera vez, el significado del amor.


La princesa le explicó de quién era hija y que tenía una hermana llamada Iwanaga, larga vida. Sin embargo, Ninigi-no-Mikoto ya sólo tenía corazón para ella. Lo habían conquistado sin necesidad de asedio alguno.

 

El nieto celestial habló con Oyamatsumi para pedirle la mano de su hija a lo que este accedió encantado enviándole cien hadas con suficiente comida como para estar en la tierra tanto tiempo como quisiese.

 

Poco después del enlace, la princesa quedó en cinta, lo que levantó las sospechas del nieto celestial. Hecho que hizo que Kono-hana-no-Sakuya-Hime se sintiera profundamente dolida. La persona a la que le había entregado todo su ser dudaba de su paternidad. La impotencia junto con la frustración y el desánimo se instalaron en la princesa. “¿Qué sentido tenía estar con alguien que desconfía de ti?”, se preguntaba. La belleza que rodeaba su hogar ya no existía, sus ojos sólo veían nubes grises aunque el cielo estuviese claro, sus manos sólo percibían rugosidades aunque tocase el mármol más puro. Su corazón había dejado de amar. Tal era su pena que diseñó un plan; dispuesta a demostrar su inocencia, decidió dar a luz en un uzumuro, una cabaña completamente cerrada. Una vez que la princesa entrase, este lugar quedaría  sellado. Su intención era prender la cabaña en el momento justo del parto. Si los bebés salían sanos y salvos, significaría que Amaterasu los protegía, demostrando así que era inocente.

 

Después de los nueve meses, Kono-hana-no-Sakuya-Hime entró en el uzumuro y, como había prometido, en una solemne ceremonia lo prendió fuego. Por supuesto la cabaña ardió y pronto todo se redujo a cenizas.  Los testigos creyeron que todos habían fallecido. Pero no fue así, para su sorpresa la princesa apareció con sus tres bebés completamente sanos.

 

Al primer bebé lo llamó Honoakari, ya que nació en el momento en que la cabaña se prendió; al segundo, Honosusori, brillo de fuego, por nacer justo cuando las llamas eran más fuertes, y al tercero, Hono-ori-hikohoho, sombra de fuego, que vino al mundo cuando salía de entre las llamas.

 

Al ver esto, el nieto celestial comprendió su error y cuidó de su esposa como nadie antes lo había hecho con ninguna otra mujer. Kono-hana-no-Sakuya-Hime, por fín, arrojó fuera de ella a todos esos fantasmas que le habían acompañado durante los últimos meses. Era, de nuevo, una mujer libre y amada.

 

Con el tiempo, su tercer hijo, Hono-ori-hikohoho, tuvo también descendencia, siendo uno de sus hijos el abuelo del emperador Jimmu, primer gobernante de la dinastía imperial de Japón.

Cerca del principio de los tiempos, Ninigi-no-Mikoto, nieto de la diosa Amaterasu, fue enviado a la tierra con el fin de reinar. Sin embargo, el destino, siempre caprichoso, le tenía preparado una sorpresa con nombre de mujer; Kono-hana-no-Sakuya-Hime, la princesa del floreciente árbol en flor, una hermosa joven hija de Oyamatsumi.

 

Una mañana, mientras el sol se abría paso en la lejanía, en ese lugar donde siempre pensamos que todo cae a un abismo infinito, la princesa caminaba por la playa sintiendo como la brisa parecía despertar para acariciar suavemente su delicado rostro y, aunque perdida en sus pensamientos, sabía que sus largos cabellos negros estaban dibujando una danza imaginaria a la vez que sus desnudos pies se hundían en la todavía húmeda arena. Era ese frescor que impregnaba la piel de sus pies lo que le hacía sentirse viva, lo que hacía que no hubiese mañana que olvidase su paseo. Pero aquella mañana no iba a ser como cualquier otra.